RELATOS CORTOS

 


MIS VECINOS

El quinto piso es mi prisión, si el estrecho ascensor funciona, ya tengo libertad, aunque toca tirarme a la brava por los tres escalones que se burlan de mí a pocos metros de la puerta de la calle.

Voy a ser universitario e inventaré aparatos y sillas para hacerle la señal de victoria a esos odiosos escalones, porque, aunque mis piernas no funcionen, mi celebro es lo máximo.

 Hoy tengo la prueba de acceso y me la perderé porque el ascensor está en mi contra. Llaman a la puerta y son tres vecinos. Me dicen que me sujetarán mientras mi madre pone sobre mis piernas la bolsa que me debo llevar.

 Alex me carga en su espalda, Diego y su padre bajan la silla. En la portería me espera una rampa que me muestra sonriente el Sr. José, que es paleta.

Sentado de nuevo en mi silla, estreno la tan ansiada rampa. En la puerta me espera un gentío de vecinos que me aplauden. Todos son testigos de mi lucha de superación y desean  que cumpla mi sueño.

Y así será.

Voy a ser un gran ingeniero y cambiaré la vida de muchos chicos como yo.

Relato corto escrito por A.S. Arola.

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Título: El retablo de San Esteban.

12 de agosto de 1977.

La oscuridad se adueña del lugar. Las risas de los niños mientras cenan resuenan en el silencio de la noche, ocultando el sonido de los grillos y las cigarras. Al bajar los escalones de piedra que conducen hasta la cocina, es necesario alumbrarse con un pequeño farol. Al fondo se escucha el correr del agua del río.

El pequeño acceso al corazón del molino está cerrado por una puerta de reja de hierro, medio oxidada. Tras ella se distingue a ver una rueda de moler. Dicen que es peligroso entrar y, aunque el molino ya no funciona como tal, el agua corre bajo él con mucha fuerza.

El pequeño Marcos intenta evitar los escalones que bordean aquella puerta, pues le da miedo acercarse. Pero esta vez ha oído una voz ahogada en el interior, y su curiosidad infantil lo conduce, como hipnotizado, hasta el siniestro hueco.

—¡Ayúdame! ¡Ayúdame! —suplica una voz masculina.

La voz va en aumento y la curiosidad del pequeño de ocho años va creciendo. El niño pega su carita a la reja.

—¡Hola! ¡Hola! ¿Necesita ayuda? —dice el inocente niño, convencido de que alguien ha quedado atrapado.

Un intenso holor a humedad impregna el ambiente y en el interior se siente un frio espeluznante. Un hedor a podrido abofetea las fosas nasales del pequeño, que se tapa la nariz y decide dejarlo estar. 

Justo cuando va a alejarse de la reja, una mano ensangrentada lo sujeta. El niño grita e intenta soltarse. La mano está cubierta de gusanos; en algunas partes de los dedos se distinguen los huesos y, en el brazo, se aprecia la manga de un uniforme militar.

Al tercer grito del chiquillo acuden en su rescate dos monitores, que tiran de él, pero no logran separarlo de la reja. Es como si alguien intentara arrastrarlo hacia el interior.

La reja se abre hacia dentro y el pequeño desaparece. 

Varios adultos organizan un grupo de búsqueda por el interior del molino, que es muy profundo y, curiosamente, laberíntico. Al cabo de una hora lo encuentran en estado de shock. Está confuso, sus labios lucen morados y su tez llivida le da un aspecto mortuorio.

Cuando los guardias civiles intentan interrogarlo , el niño señala hacia el interior, agitado. Su ansiedad aumenta y termina por romper a llorar.

—¡Fue un soldado! ¡Me agarró un soldado! —exclama el niño, asustado.

—La verdad es que algo tiraba de él —añade uno de los jóvenes monitores que intentó ayudar al pequeño.

 11 de agosto de 1987

Estoy de colonias en una casa rural. Es mi primer campamento como monitor y me siento muy nervioso. Espero que todo salga bien. Como bien me aconseja mí psicólogo, tengo que enfrentarme a mis traumas y, para superarlos, que me mejor que acudir al origen.

Esta casa era un antiguo molino. Cuando era pequeño, era mi lugar favorito. Mis padres no disponían de dinero para ir de vacaciones, pero al menos podían permitirse pagarme las colonias.

Conozco a casi todos los integrantes de este grupo; ahora toca conocer a los niños.

Tras la reunión de monitores, acordamos cómo repartiremos los grupos y quién será el responsable de cada uno. También hemos planificado una serie de juegos para los pequeños. Si los mantienes entretenidos los niños son más dóciles y menos conflictivos. Sin embargo, no puedo evitar sentir un nudo en el estómago al regresar al lugar donde comenzó todo.

Después de cenar comienzan los juegos nocturnos. Reúno a mi grupo y, como todavía no conozco los nombres de todos, los numero del uno al once, que es el número de niños que lo integran.

Mi mejor amigo se une a nosotros y da comienzo el primer juego, al que he bautizado como El Rey Midas dormido. Es un juego de mi invención. Como siempre he sentido pánico a la oscuridad,se me ocurrió como una forma de ir acostumbrándome poco a poco a las sombras.

Mi amigo Lucas se sentará en un troco cortado al bodrde del camino con una linterna. Les explicamos a los peques que el Rey Midas guarda un tesoro y que deben acercarse en silencio y en la oscuridad hasta él. Pero que si el rey los descubre, los enfocará con la linterna y quedarán descalificados.

Al principio, los niños avanzan en silencio, pero, al tropezar unos con otros, empiezan las risas. Finalmente, nosotros resultamos vencedores frente al resto de los grupos, y las dos enormes tabletas de chocolate serán repartidas entre mis niños.

La verdad es que me mantuve a salvo de la negrura bajo el farol que ilumina la esquina de la casa y conduce al camino donde los puse a jugar. Sin embargo, hace unos años jamás habría permanecido en el exterior, rodeado de oscuridad, ni por obligación.

Los niños se han desplomado en sus camas. Están agotados; en esta batalla los hemos tumbado por nocaut.

Ahora llega el tiempo libre de los adultos. Nos espera una pequeña fiesta alrededor de la hoguera. La explanada junto al río es el lugar ideal. Tenemos música y cubatas.

 Los dos chicos que aún no han cumplido los dieciocho años deben conformarse con un refresco. Son las doce de la noche y tres decidimos dar un paseo. Yo disimulo, pero estoy conteniendo un incipiente ataque de ansiedad. Lo único que me tranquiliza es saber que no nos apartaremos del camino que conduce al pueblo, iluminado por farolas cada cinco metros aproximadamente.

De regreso, las cervezas han hecho su efecto y las ganas de orinar se hacen presentes. Nos alejamos un poco del camino con las linterna. Con la penumbra que nos rodea, no entiendo por que no podemos hacerlo aquí.

Hace años que no vengo y algo ando desorientado; no ubico bien la zona en la que nos encontramos. Pedro da un pequeño gritito y, antes de que pueda reaccionar, me agarra de la  camiseta. Ambos caemos rodando por una ladera.

—¡Marcos! ¡Manolo! —repite varias veces Lucas.

Escucho su voz mientras caigo por el pequeño precipicio.

—¡Marcos! ¡Manolo! —vuelve a gritar Lucas, angustidado por verse solo en cuestión de segundos.

—¡Marcos, Marcos! —me dice Manolo—. Lo siento, tío. Tuve un acto reflejo y te agarré del brazo.

—¡Manolo! ¡Marcos! ¿Tíos, dónde estáis? —pregunta Lucas mientras se acerca al borde del  precipicio.

—¡Podías haberte agarrado a otra cosa! —respondo enojado.

—¡Marcos! ¡Marcos, tío!  ¿Dónde estás? —pregunta de nuevo Lucas, asustado.

—Aquí abajo, Lucas. ¡No te muevas! —le respondo a mi amigo.

—¡Tranquilos, voy a buscaros! —grita Lucas.

Mientras intento sacarme los pinchos que tengo clavados en la rodilla, le respondo a gritos, al mismo tiempo que Manolo, que yace estirado a mi lado.

—¡No, no vengas! —gritamos al unísono.

Oímos un grito de dolor y el ruido de algo rodando. Al instante, Lucas aterriza junto a nosotros y se queja dolorido.

—¿Chicos, estáis aquí? —pregunta Lucas.

—¿Pero, porque demonios te tiraste? —protesta Manolo.

—Para salvaros —responde mi tonto amigo.

Yo me rio y contagio mis carcajadas a Manolo. Menos mal que Lucas lleva atada su linterna a la muñeca y gracias a eso, podemos ver el poco que falta hasta el rio. Terminamos en el agua caminando rio arriba hasta la casa de colonias, la único bueno es que nos vamos lavando las heridas.

12 de agosto de 1987

Ya tenemos una anécdota que contar. Al día siguiente estamos maltrechos así que los juegos con los críos serán menos moviditos. El jefe de grupo decide cambiar el orden y por la noche haremos una obra de teatro.

Los niños se han pasado la mañana bañándose y jugando en el rio con otros monitores y mientras comen nosotros ensayamos una obra inventada por Lucas que trata de un niño con una llave mágica que viaja en el tiempo y conoce: la antigua Roma, el antiguo Egipto y hasta los prehistóricos. A mi me toca ser una momia, un soldado romano y un homo sapiens con una careta de mono chimpancé que se le parece bastante al careto de estos primitivos.

La obra comienza y cuando me toca actuar a mi como homo sapiens al salir se produce un estallido de carcajadas. Mientras se supone que intento de varias maneras atar una piedra tallada a una lanza el más joven de los monitores que hace del niño que viaja en el tiempo explica:

—Hace quinientos mil años el primer Homo sapiens ató por primera vez a un palo lago y fuerte de madera una punta afilada de piedra.

Realmente me está costando tal hazaña y tras mi dificultad y cada intentona sin éxito suelto algunas onomatopeyas.

—¡Ua uaaa...Uh uh uh!

Los críos se ríen mientras emito algún que otro sonido. Cuando por fin los consigo atar y me pongo firme con mi lanza apoyada al suelo como todo un triunfador, para mi sorpresa los críos aplauden.

—Y como podéis apreciar —dice el viajero del tiempo—. Así los primeros homínidos crearon la punta de lanza. Esta herramienta compuesta, les sirvió como armamento y como defensa.

Hago ver que descubro a mi narrador y lo persigo con la lanza. Aquello es un éxito y los nenes estallan en carcajadas.

La obra contina con éxito, cuando termina toca cenar y los niños se dirigen al comedor de verano. Unas mesas formadas por largos tableros y bancos de madera a los lados con un toldo encima que forman el comedor. Nosotros menos el encargado de turno por sorteo en vigilarlos, comemos en la terraza de la casa-molino.

Al terminar suben los niños a sus dormitorios, muchos al pasar junto a mi hacen soniditos de monos y la verdad me produce gracia.

Algunos aprovechan para fumar y como yo no soporto ese gusto asqueroso en la boca, me aparto un poco, me siento sobre la gruesa baranda de piedra y al poco siento un ruido de crepitar en el jardín. Rebusco con la mirada y alcanzo a ver una sombra correr reflejada en el muro de los baños y duchas de fuera.

Aviso a mis compañeros y como siempre nos mandan a los tres mosqueteros, Lucas, Manolo y yo.

No tengo problema en bajar siendo de noche, porque me he asegurado de encender las luces exteriores y me he armado con la linterna del jefe que parece el faro de un barco.

Damos vueltas alrededor de la casa y nada.

—Tío, creo que te lo has imaginado —dice Lucas—. Aquí no hay nadie.

—Vamos dentro —me muero de sueño añade Manolo.

Entran los dos y cuando me dispongo a imitarles, veo en la penumbra a un niño mirándome. Doy un paso hacia él y hecha a correr, mi reacción es seguirle, cuando pienso que lo he perdido de vista, pues no le veo ni con mi linterna, lo alcanzo a ver empujando la vieja puerta de hierro que da a los sótanos del molino.

—¡Chico no!¡No entres ahí! —le suplico aterrado.

El niño entra y asoma su mano invitándome a que le siga.

Quiero seguirlo, me doy cuenta de que mi respiración se acelera demasiado deprisa, al acercarme a la puerta y tocar sus hierros mis latidos se disparan.

Estoy dudando si huir y pedir ayuda o entrar a buscar a este travieso e inconsciente niño. De lo que estoy seguro es que no estoy listo para luchar con mis demonios, con mis miedos.

Escucho una risa del niño que viene de dentro y reflexiono la situación.

—Tranquilo, se esta riendo, no es más que el interior de un viejo molino, puedes hacerlo.

Entro en el interior y veo al niño de espaldas, mirando la pared. Es crio que me imagino que debe tener unos ocho años comparándolo con los pequeños de mi grupo.

—Nene, salgamos de aquí, este sitio es peligroso.

El niño se balancea sin contestarme, este crio da escalofríos. Cuando voy a tocarlo hecha a correr por el estrecho pasillo, lo sigo y me resbalo cayendo al suelo.

—¡Espera, no corras, te vas a hacer daño!

El niño se desaparece a la distancia, me incorporo y lo sigo, alcanzo a ver su mano bajando unas escaleras de hierro, que me temo deben estar corroídas.

Le sigo y mientras desciendo la escalera escucho una voz que se adueña de mis peores pesadillas.

—¡Ayúdame!¡Ayúdame!

Esa voz me paraliza, me sujeto a los hierros que hacen de baranda y no puedo dejar de temblar. Mi linterna parpadea un poco y eso me aterra aún más.

Escucho la lejana risa de niño y comienzo a descender de nuevo, estoy muerto de miedo, pero, no puedo dejar a ese niño ahí abajo.

Por fin piso suelo, se escucha el sonido de goteras, el olor a humedad es profundo, siento que respiro con dificultad.

Mi linterna parpadea de nuevo, le doy unos golpecitos y la linterna por fin deja la luz fija.

El niño esta ante mí de espaldas.

—Pequeño, por favor regresemos.

Doy un par de pasos para poder enfocarlo mejor. El niño se gira y soy yo. ¡Soy yo! Soy yo a mis ocho años, sus ojos están en blanco, y doy un salto hacia atrás asustado.

—¡Ayúdame!¡Ayúdame! —dice mi yo de hace diez años con voz de hombre, la misma voz que me atrajo aquella noche.

Desaparece y aparece delante de mi en segundos. Me agarra de la mano.

—¡Ayúdame!¡Ayúdame! —me repite con esa voz profunda.

Estoy muerto de miedo, me suelto de su mano y corro hacia las escaleras, cuando las alcanzo subo los primeros peldaños y me agarran con fuerza por detrás estirando de mí, tirándome al suelo.

Enfoco a la figura que se planta frente a mi y es un soldado, se que esta muerto por su aspecto repulsivo. Su uniforme verde se ve deteriorado y su rostro me sorprende es el de un chico joven, de gran atractivo con cara angelical.

Me tiende la mano, no se porque motivo ver su mano me transporta a mis conversaciones con mi psicólogo, y sus palabras me resuenan en mi mente.

—¡Enfréntate a tu miedo! ¡Si te pide ayuda, pregúntale que quiere!

Es evidente que mi terapeuta pensaba que fue un personaje creado por la mente de un niño aterrado de ocho años.

—¡Enfréntate a tus miedos! —me digo en voz alta.

—¡Ayúdame!¡Ayúdame! —me repite.

—¿Qué es lo que quieres? —le pregunto mientras siento que tengo tanto miedo que voy a romper a llorar.

Me señala hacia la pared donde miraba mi yo del pasado. De la pared sobresale parte de una gran caja metálica.

Me levanto y camino hacia la caja, comienzo a quitar con las uñas la tierra que esta tan fangosa que sale con facilidad. Cuando por fin alcanzo a separarla de la pared, miro al soldado y sonríe feliz.

La abro y dentro hay un pequeño retablo de madera y una carta que curiosamente permanece intacta.

—12 de agosto de 1937. Madre, me he separado de mi unidad porque están saqueando las iglesias, estábamos cerca de mi pueblo y no puedo permitir que destruyan lo más sagrado que tenemos, nuestro retablo. El retablo de San Esteban. He dejado en su lugar una copia que pinte y guardaba en la capilla, espero esconderlo bien y alcanzar a mandarle esta carta madre, si es que Dios y la virgen me acompañan con bien. Quiero salvarlo y cuando termine la guerra volver a colocarlo donde tiene que estar, en la iglesia de San Estaban, nuestra iglesia. Después de ver tanta sangre derramada no entiendo porque un hombre como yo, un pintor amante del arte y la belleza, joven y con una vida por delante tengo que blandir un arma y disparar a otros jóvenes que me van a disparar a mi por ser del otro bando, seguro que la mayoría están en esta guerra como yo obligados —miro al soldado y continúo leyendo el final de la carta—. Os quiero mucho, madre, rezad a Dios que este infierno termine, porque quiero volver a casa. Tú hijo, Francisco Burgos.

—Me habían disparado y con mi ultimo aliento alcance a esconderlo —me dice el joven señalando a un rincón oscuro.

Lo enfoco con la linterna y me sobresalto al ver el esqueleto del joven soldado.

—Solo quiero que me ayudes a regresarlo a su lugar —me pide.

—Te lo juro, volverá a san Esteban —le prometo de todo corazón.

El joven sonríe y desaparece ante mí, me guardo con cuidado la carta en el bolsillo de mi pantalón y sujetando con cuidado con una mano el retablo, subo la escalera con mucho cuidado recordando que resbalan y están muy deterioradas, no quiero morir aquí haciendo compañía al joven Francisco.

Al salir del molino agradezco el aire puro de la noche. Ignoro cuantas horas han transcurrido, pero me doy cuenta de que ya no siento miedo a la oscuridad.

Comienzo una caminata rumbo al pueblo, es un pueblo muy pequeño y hermoso que ha arañado la roca para construir la mayoría de sus hogares. Desde su mirador donde esta la fuente aprovecho para dar un buen trago de agua y descansar.

Una luz anaranjada se posa sobre el retablo que he apoyado sobre las rocas. Me giro y es un maravilloso amanecer.

Tras ver esta visión que me llena el alma de paz, comienzo la siguiente caminata, es un sendero empinado que conduce a la iglesia de San Esteban que corona lo alto del pueblo en la montaña cual majestuoso castillo.

Espero sentado en los escalones y un hombre mayor, me toca el hombro. Abro mis ojos y lo veo sonriéndome.

—¿Tienes algún problema joven?

—¡Vengo a cumplir la ultima voluntad de un joven!

Extiendo mis brazos y le muestro el retablo. El hombre se lleva la mano a la boca.

—¿Es el retablo que desapareció en la guerra?

—Francisco Burgos murió protegiéndolo. Y en esta carta lo explica todo.

El hombre cambia de expresión, mientras las lágrimas recorren sus mejillas.

—¿Sabes cómo murió? —me dice el hombre con voz temblorosa.

—Se que le dispararon y murió en el sitio que escondió el retablo.

El hombre se inclina de dolor, yo espero sin entender, a que se le pase. Cuando se endereza me sonríe agradecido.

—Paquito, Francisco Burgos es mi hermano mayor —me confiesa entristecido—. Mi madre murió de pena, porque nunca supimos que fue de él.

—Lo siento mucho, su cuerpo está en el molino.

El hombre me mira con los ojos abiertos sorprendido.

—Sus restos se encuentran en lo mas profundo de ese edificio, yo les conduciré hasta él.

El hombre coge un pesado juego de llaves antiguas de gran tamaño que cuelgan del cinturón de su pantalón y abre el portalón de la iglesia. Por dentro me sorprende, es tan pequeña que parece una capilla. Lo sigo y en la pared un estante de mármol empotrado entre la roca es el lugar de descanso del retablo.

Cuando lo coloca en su sitio una luz entra por la vitrina de colores iluminando el retablo y al girarme alcanzo a al joven soldado que me mira sonriente y en paz.

FIN




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